Veinte años atrás (cod escris,escris xx)
Capitulo Primero


En el año 1606 vivia en Sevilla un caballero llamado don Hernando de Ibarra; respetable todavía mas que por su riqueza y por su cuna, por la ventajosa posición que ocupaba en el vecindario. Basta decir que era uno de los graves regidores de su muy noble y muy leal Ayuntamiento; regidores que han conservado el antiguo nombre de veinticuatro; y que como tal, tenia voz y voto en los negocios de la inclita ciudad, cuyos muros banaban las aguas del caudaloso Betis. Sevilla tenia entonces una importancia que fue perdiendo después. Contaba con una población de cuatrocientas mil almas; sus famosas fabricas de panos y de sederias; su celebre casa de la contratación y su puerto, frecuentado por buques mayores que le llevaban la riqueza de Nuevo Mundo, hacian de la antigua Hispalis una de las primeras poblaciones de la Europa. Gozando de una temperatura deliciosa; respirando un aire embalsamado con el perfume de las flores de las explendidas huertas de sus contornos, la residencia de esa bella ciudad era una de las mas envidiables en aquellos tiempos. Tal vez no era una hiperbole andaluza la alabanza que contenia antiguos versos, o mejor dicho adagio sevillano:

La mejor tierra de Espana
Aquella que el Betis bana
De cuanto el Betis rodea
Lo que la Giralda Ojea

Que mucho, pues, con tales condiciones, hubiese sido Sevilla elegida, con preferencia a otras ciudades españolas, como refugio de varias familias catolicas que en aquella epoca calamitosa abandonaban sus hogares, en Alemania y otras partes, con motivo de las perturbaciones a que dio origen la Reforma? Una de esas familias fue la de un medico aleman llamado Carlos Grantzius, que se traslado a la metrópoli de la Andalucia, donde encontro una nueva patria. Por un motivo u otro, el doctor Grantzius se relaciono con el caballero veinticuatro don Hernando de Ibarra, estableciendose la mayor intimidad entre una y otra familia. Los dos primogenitos de ellas se unieron con una amistad verdaderamente fraternal, no obstante la diferencia o mas bien dicho la oposición que habia entre sus respectivos caracteres. Don Juan, hijo de don Hernando, era un joven franco, valiente y pundoroso; don Enrique, el hijo del doctor, era aparentemente tranquilo y meditabundo. Don Juan habia sido destinado a la noble carrera del foro; y en 1602, concluidos sus estudios esperaba alguna colocacion importante, que estaba seguro de obtenerla, por la influencia de su familia. Don Enrique siguió la profesión de su padre, y estaba ya, en la epoca en que nos referimos, graduado de doctor en medicina. Ibarra y Grantzius, conocidos en Sevilla con el nombre de los inseparables, lo eran en efecto en sus personas, como parecian serlo en tambien en sus voluntades. Modelos de la mas intima union eran mas hermanos que amigos.

Una tarde vagaban por las margenes del Guadalquivir y entretenidos en conversaciones, se dirigieron hacia el puente de Triana, que comunica la ciudad con el populoso barrio de este nombre. Alli encontraron los inseparables a una joven que rebozaba en un manto y acompañada de venerable duena, paseaba, llamando la atención, asi por su modestia como por su gentileza. La impresión que causo en los dos amigos fue profunda, y por desgracia el corazon del uno y del otro quedaron heridos al mismo tiempo por la belleza incomparable de aquella mujer. Don Juan no oculto a Grantzius el amor de que se sentia poseido; pero este, solapado y astuto, hablo con indiferencia de la hermosa desconocida.

No lo fue por mucho tiempo para el hijo del veinticuatro , que tomo sus informes y averiguo que la doncella, cuya beldad habia cautivado sus afectos, se llamaba doña Estela y que era hija unica del rico hidalgo don Gonzalo de Zúñiga. Desde entonces se dedico don Juan a cortejar a la señora de sus pensamientos. Rondo su calle, le dio musicas, le escribio billetes y en estos y en enamoradas coplas le hizo saber lo ardiente de su pasion. Grantzius era el confidente natural de aquellos amores y acompañaba siempre a don Juan cuando paseaba la calle de la dama, que no los habia visto sino juntos por todas partes. Contesto de una manera favorable las cartas amorosas de su adorador, y aquellas ventajas que obtenia don Juan, fueron nuevo estimulo a la oculta rivalidad del falso y desleal Enrique. Entendiendo don Hernando de Ibarra de las pretensiones de su hijo, les dio su aprobación y pidio para este la mano de la joven, que le fue otorgada con la mejor voluntad. El padre de Estela informo a la doncella del brillante partido que la fortuna le deparaba, y como cosa de tan a su gusto, contesto desde luego que estaba pronta a obedecer la voluntad paterna. Quedo pues arreglado el matrimonio y en consecuencia, don Juan fue admitido a visitar a su novia.

Eterno se hizo para el apasionado amante el dia cuya noche estaba señanlada para aquella primera visita. Acusaba la lentitud del tiempo y habria querido apresurar la marcha de las horas. Lllego a fin la que le habia sido indicada como la mas oportuna para ser recibido en casa de dona Estela, y se dirigio alla con el corazon rebozando en las mas puras y gratas ilusiones. No era menos viva la inquitued de la doncella, que iba a hablar por la primera vez al hombre a quien apenas habia visto al paso en el puente de Triana y después al travez de las espesas celosias de su balcon. Cuando se presento donJuan, la joven se levanto para recibir a su novio; pero al adelantarse este dona Estela se puso palida como un cadavar y después con rojo ensendido coloreo sus mejillas abrasadas. Estuvo a punto de desmayarse y habria caido al suelo a no haberse apoyado en el respaldo de un sillon que estaba junto a ella. Don Juan noto aquel incidente; pero lo atribuyo a la emocion que debia causar a una doncella modesta y recatada la presencia del hombre que hiba a ser su esposo. La entrevista fue corta fue corta y fria, pues la dama apenas pudo recobrarse de la profunda conmocion que le causara su novio. Despidiese este, y cuando hubo salido, Estela desecha en lagrimas, se arrojo a los pies de su padre y le declaro haber sido victima del mas inconcebible error. Habia tomado a otro por don Juan de Ibarra. El Hidalgo fruncio el entrecejo y con muestra del mas vivo enojo, pidio a su hija que le explicara aquel misterio. La joven hizo entonces la pintura del caballero a quien la duena que la habia acompañado la tarde que encontrara a dos jóvenes en el puente de Triana, le habia designado con el nombre de don Juan de Ibarra. Siempre que los vio después habia sido juntos, y con facilidad continuo afirmandose en su primitiva equivocación. Figurabase que Grantzius era don Juan; tomo a aquel como su amante y como ese era el que habia ganado su voluntad, apenas se fijo en el verdadero don Juan, a quien suponia confidente se su cortejo y nada mas.

El padre oyo aquella relacion con visible desagrado, comprendio quien era el que habia tomado la juoven por don Juan de Ibarra, y luego que hubo concluido Estela, le declaro que era muy tarde para volverse atrás. Agrego que el no consentiría nunca en que fuese esposa de aquel mediquillo aleman, cuando se le proporcionaba un ventajosisimo enlace con el hijo de un veinticuatro, y por ultimo que su palabra estaba empeñada y que por nada de este mundo dejaria de cumplirla.

Acostumbrada Estela a obedecer ciegamente los mandatos de su padre, no replico una sola palabra y con el corazon desgarrado, se resolvio a sacrificarse. Continuo recibiendo las visitas de don Juan y como este no tenia en su persona cosa alguna que le hiciese repugnante, y antes bien podia pasar por un cumplico caballero, Estela fue poco a poco venciendo el desagrado que experimento al saber quien era el hombre que se le destinaba para esposo.

Llego el dia en que hiban a realizarse las ilusiones del enamorado joven. Toda la nobleza sevillana estaba invitada a la ceremonia que uniria para siempre a aquella hermosa pareja, para quien parecia abrirse un horizonte de la mas pura dicha. Era en lo mas bochornoso del verano. El patio principal de la casa del anciano Zúñiga, convertido en un explendido salon, deslumbraba la vista con el lujo de sus adornos. La iluminación, la musica, el perfume de mil flores exquisitas, todo concurria a embriagar los sentidos , todo respiraba amor y felicidad. Don Juan de Ibarra se estremecio de placer, al tocar la mano de dona Estela mas hermosa que nunca con los lujosos atavios de boda, y que parecia completamente satisfecha.

Después de la ceremonia, se dio principio al sarao, acompanando a la novia en la primera contradanza, su padrino don Enrique de Guzman, conde de Olivares, alcalde del Real Alcazar de Sevilla, y padre del que vino a ser después esl conde duque. En un momento en que la bella desposada parecia gozar mas con aquella magnifica fiesta, de la cual era la heroína, se puso de repente ligeramente palida y vacilo, como si hubiera visto algun objeto que le causara espanto. ¡Extraño incidente, cuando no habia en torno de la hermosa Estela mas que miradas que expresaban la admiración y la benevolencia! Nadie habria podido adivinar que un joven blondo y palido, vestido sencillamente de terciopelo negro, en medio de aquellos grupos de brillantes señores, que acababa de atravezar delante de la novia y fijado en ella la profunda mirada de sus expresivos ojos azules, era quien habia causado tan extraordinaria impresión. Aquel joven, que apenas hablaba una que otra palabra con alguno de los caballeros que encontraba al paso, era el doctor Enrique Grantzius, amigo intimo de don Juan de Ibarra, Estela cerro los ojos por un momento para librarse de aquella fascinación; pero en vano. Cuando los volvio a abrir. Grantzius habia desaparecido, perdiendose entre la abigarrada multitud que llenaba el salon; pero la joven le veia siempre en su imaginación, como si le tuviese delante. La infeliz comprendio que aquel hombre a quien habia creido olvidar, en medio del bullicio y de las emociones de la fiesta, dominaba su corazon con absoluto imperio. Ella disimulo, sin embargo y ni su marido ni nadie alcanzo a comprender lo que pasaba en lo intimo de aquella alma desgarrda por la mas cruel de las decepciones.

A los pocos dias de verificada la boda, don Juan y su esposa partieron de Sevilla, para ir a pasar lo que quedaba del verano en una quinta deliciosa que poseia don Hernando de Ibarra, algo distante de la población. Embriagado con su felicidad, el incauto joven se empeño en que su amigo Grantzius los acompañara; y aunque este lo rehuso al principio, pretextando ocupaciones, al fin manifesto que el deseo de complacer a don Juan le decidia a ir a ir a pasar algunos dias en su compañía. ¡Ah, si hubiera podido prever las funestas consecuencias de aquel paso! Pero el amor le cegaba y no veia el abismo que abria por su propia mano, y en el cual se habia de hundir su honra y su dicha. Viviendo en la mas peligrosa intimidad, Estela y Grantzius tuvieron frecuentes oportunidades de mostrarse lo que pasaba en el fondo de sus corazones. El astuto y desleal amigo desplego todos los recursos de la seduccion; y como por desgracia la pasion que la joven abrigaba era un poderoso auxiliar de tan insidiosos proyectos, la resistencia de Estela no fue ni vigorosa ni larga. Dos meses después de su salida de Sevilla, don Juan era, sin saberlo, el mas desventurado de los hombres.

El amor criminal del amigo traidor y de la esposa infiel crecia cada dia mas. La presencia de don Juan era ya insoportable, especialmente a Estela que veia en su marido un obstáculo que se imponia entre ella y su amante. Impidiendole el entregarse a este sin reserva, Entonces concibido el proyecto atrevido de abandonar al hombre a quien habia jurado hacia poco un amor eterno y lo propuso resueltamente a su seductor. Tan apasionado este como ella, acepto con gusto la temeraria idea, y un dia que Ibarra habia ido de caza, Enrique Grantzius y doña Estela de Zuñiaga tomando dos de los mejores caballos de la caballerizas de la quinta, desaparecieron de ella. Cuando regreso don Juan era ya entrada la noche. Pregunto por Estela y supo con admiración que habia salido inmediatamente después que el acompañado del doctor, diciendo que iba a dar un paseo y que hasta aquella hora no habian regresado; lo cual causaba ya alguna inquietud a las gentes de la quinta. No fue poca la que experimentoIbarra al oir lo que sus criados referian, pero estuvo muy distante de toda la extensión de su desgracia. Temio hubiese ocurrido algun accidente a su esposa o a su amigo, y en aquel mismo instante hizo que todas las gentes de la quinta saliesen con hachas encendidas y por diferentes direcciones, en busca de Estela y Grantzius. Monto a caballo el mismo y se propuso no regresar hasta haber registrado todo los alrededores. Diligencias vanas, pues los fugitivos, que habian salido a la madrugada, tenian ya mas de doce horas de incesante marcha y estaban muy lejos de los puntos a donde podian extenderse las pesquisas de don Juan y sus criados.

Al siguiente dia, después de haber andado toda la noche, regreso Ibarra a la quinta, palido abatido y con el corazon despedazado. El infeliz comenzaba a entrever la espantosa verdad de lo ocurrido. Se encerro en su gabinete y paso unas cuantas horas en la mas cruel agonia. De repente lanzo un rugido sordo, se puso en pie, ciño su espada, coloco dos pistolas en el cinturón y volviendo a montar a caballo, salio de la quinta sin decir una sola palabra. La idea de la venganza, de una venganza terrible y sangrienta, habia hecho que el desgraciado saliese de la postración en que estaba sumido poco antes. La esperanza de hallar algun dia aun cuando fuese en el otro extemo del mundo, a aquellos miserables, desperto la aletargada energia de su carácter. Desde aquel momento don Juan de Ibarra vivio solo por el odio; desde aquella hora aquel hombre dejo de creer, dejo de esperar, dejo de amar y se hizo la encarnación del mal. Era rico y pudo recorrer una gran parte de Europa. En los templos, en los espectáculos publicos, en el seno de las familias buscaba las huellas de los que habian envenenado su existencia; pero todo fue inútil durante seis años. Parecia que la tierra, complice en el crimen, hubiera ocultado a los miserables.

Regresa a Chapinet